VER ANO

 

Me cago en el verano. Lo único positivo de él es que es una palabra sincera. Ver-Ano.  Así echas tres meses, viendo culos pasar.

Cada vez más cantidad, y sin descanso, gracias a esa nueva moda que acabará convirtiendo los shorts vaqueros en complementos con la anchura reglamentaria de los cinturones. He visto fotos de festival en las que las tías tenían la cara más tapada de flores que el culo de tejido, una paradoja que, en la mayoría de casos, se agradece. El filtro en verano es fundamental, arregla la piel en forma de crema para prevenir quemaduras, arregla el pitillo de liar al atardecer cuando lo robas a un desconocido, y arregla las caras en la selfie playera de turno cuando lo aplicas al máximo.

“Ver-ano”. Palabra sincera donde las haya. Como “Di-putadas”. Me gustan las palabras como la gente, que dejen claro de qué van. Sin complejos, a caraperro. Quisiera que las palabras fuesen siempre con la verdad por delante. No como esos vocablos traicioneros e hijos de puta que al final no tienen nada que ver con lo que parecía: “Analizar”. “Empollón”. “Culturista”. “Inodoro”.

El verano está muy bien cuando eres niño. Vacaciones, descanso, cuadernillos Rubio, las actividades de Santillana que te mandaban en el colegio y nadie hacía. Las fanequeras de goma transparente con la anilla un poquito oxidada. Las pulgas saltando en algunas playas. El balón del todo a cien de plástico que volaba irregular e impredecible, como la gente del último piso de las torres gemelas. Playa. Piscina. Jugar. Todo muy lindo. Todo maravilloso hasta que tienes que trabajar y ver todo eso por la ventana.

 

A mi ya lo de ser hater me supera. Yo estoy perdiendo todo mi amor por el verano de golpe. 

Sé que uno de mis últimos post es una queja hedionda en contra de la lluvia, hecha con mucho rencor y bilis acumulada, pero es que soy un chico complicado. Soy como las chaquetas de las madres: De entretiempo. A mi me cunde el clima templado, el cielo despejado que no deja cerquillo en la sobaquera y que no hace bajar esa clásica gota de sudor por el centro de la espalda. Esa gotita que a las chicas les dice: “Nena, soy la gotita del verano, que ya llego. Es mayo, y sé que creías que por no tener novio no era necesario, pero vete pensando en depilarte esas ingles del matogrosso”

 

Este verano en particular me tuvo algo anestesiado hasta ahora, porque fue verano de mundial y eso es una cosa extraordinaria que se repite poco y cada mucho tiempo, a diferencia de Fito y Fitipaldis. Llegué a pensar que este mundial me daría mucha grima, sobre todo cuando ví todo ese furor de campeón que le entraba a todo el mundo y esa superioridad absurda que se respiraba en cada anuncio y cada retransmisión deportiva. Ahí hallé yo un poco de esperanza, en la eliminación. Ver a España hacer el ridículo me devolvió brevemente a mi infancia feliz, cuando eso era el pan de cada día.

Así no me sentí sólo, porque yo me hice muy pronto de Alemania y se confirmó que éste es mi año en lo que a hinchada deportiva se refiere. Soy del Madrid, me gustaba San Antonio Spurs y además odié mucho a Lebron, y desde un principio aposté por Alemania mientras odiaba a cualquier jugador del Barça. En William Hill ya me llaman con vistas al U.S.Open para saber quién me cae mal.

El problema es que todo esto viene unido a una rutina laboral que me ahoga, porque es muy complicado trabajar y ser feliz en verano: el verano está genial cuando eres un niño y te la suda todo. Si eres mayor y curras, te suda todo, todito, y encima sin diversión.

En este punto me gustaría mandar un mensaje de ánimo a todos mis lectores desde la capital. A lo largo de los años, mi amistad con aspirantes a publicistas ha hecho que ahora conozca a suficiente gente en Madrid como para montar un Lipdub. Y creedme, están mal de verdad por el calor. Eso no hay Calippo de lima-limón que lo arregle. Si acaso, podría haber sido mitigado por este helado de Frigo que eran tres frutas de hielo en un palo: una naranja, un limón y una fresa. Eso sí que era sabor, pero lo descatalogaron. Y aún no sé por qué, porque yo debí dejarme mis ahorros de la comunión en esa maravilla. Desde aquí hago un llamamiento para saber el nombre de ese helado y recuperarlo en la carta al lado del Drácula y el Frigopie.

 

Yo creo que tiene que haber un verano mejor por ahí en algún lado. Quizá cuando me den vacaciones salga a buscarlo y ya de sopetón, me lo encuentre de repente. A todos los demás os veo felices y sonrientes, holgazaneando, luciendo tripita blanquecina de crema solar y sé que tiene que estar ahí para mí también, que hay amor para todos y verano para todos. Que no puedo ponerme en plan Alex Ubago y debo pelear por la tocada de huevos estival que me merezco.

Yo, que soy un tío que pasa mucha vergüenza ajena por la calle, tengo que reconocer que otra cosa que me tira para atrás es lo poco digno de estos meses para con el estilo personal. Tampoco es que vaya siempre hecho un pincel y más bien encajo en el perfil de tiradete, pero el verano es el caldo de cultivo en el que florecen las camisetas masculinas con escote, los pantalones cortos flúor, las gafas de espejo, los brillantinas exagerados y, damas y caballeros, entrando directamente al top de este año, la puñetera camisa de manga corta de flores y palmerismos. Uno tiene especialmente difícil en estos tiempos lo de vestirse en verano con dignidad, especialmente en Zara, dónde cada junio tratan de subirnos a los hombres un peldaño más cerca de la homosexualidad revoloteante.

Al final me ha quedado un post demasiado centrado en la moda, pero es que miro mis redes sociales de arriba a abajo y es la tendencia del ahora, la actualidad que se impone. Parecemos (me incluyo) todos unos maniquíes de pantone tanoréxico que van de playa en playa, beben de mojito en mojito y acampan de festival indie en festival indie.

 

Rebajas y festivales. Festivales y rebajas. Espejos veraniegos. O lo que es lo mismo, Gafas grandes, coronitas de flores y camisas hawaianas. Llega Julio y la rutina es ir de tienda en tienda, intentando pillar como sea las sobras cutres de la temporada anterior. Y no, no estaba hablando de ropa. Lo siento. 

Puede que esté teniendo un mal día, lo reconozco, hoy estoy cargado de odio, pero en verano me dáis todos mucho asco. No me toquéis, que hace calor y oléis a calamares fritos. Fuera señora, váyase al carajo con su tono marrón y ese papel albal debajo de la cara. Largo niño, o te meto por el culo la pistolita de agua del Tiger. Odio especialmente a los tetes, creyendo que con esa camiseta de rayas parecen Le Male de Gaultier y en realidad tienen un aire a Chanquete revenido, pero sin el carisma de una muerte heróica.

Así os veo, paseando las barbas de moderno que ya no son moda, aguantando el calor y acumulando sudor entre los bigotitos con heroísmo. Generando un clima de selva tropical tan excelente que alguno se levantará un martes con una familia de monos aulladores anidando en la barba. Alimentándose de sus parásitos, gruñendo y mirando asombrados los tatuajes descoloridos por el sol. Runners cutres de verano. De los que corren porque sí bajo este calor, sólo porque es moda o porque el chip de sus flamantes NIKE les va a publicar en Facebook lo bien que lo hicieron. Sonriendo felices como si en vez de haciendo ejercicio estuviesen en un evento social del famoseo, con Ranner Igartiburu.

 

Hijos míos, aquí me planto. A mí metedme en el Delorean y devolvedme a ese verano de pala, cubo, rastrillo y señoras con tumbonas. De sombrillas asesinas que salían disparadas buscando la libertad. De viejo molón, con bañador por encima del ombligo y gorra calada de “Andamiajes González”, oyendo en el transistor el carrusel y frunciendo el ceño con desprecio porque nos mandan otra vez a casa en cuartos.

El verano es un fail, joder. Reconocerlo no cuesta nada. Os lo digo de corazón. Son todo señales, todos seremos más felices al acabar el verano. Cuando empieza el curso otra vez y te reencuentras con los amigos de verdad. Cuando el prota de “500 días juntos” logra olvidar a la puta histérica-protestona con la que estaba (Summer). Cuando empieza el fresquito y ya puede uno dormir abrazado a alguien otra vez sin echarle a patadas de cama por el agobio. Cuando deja de sonar la canción del verano, al fín. Cuando empiezan a descongelar a Raphael y Sergio Dalma para que estén a puntito para Nochebuena.

Mirad que poder de autoconvicción tengo yo, que sólo necesito unas lineas de desahogo para creerme que no me estoy perdiendo nada, al menos, hasta que me den vacaciones. Una vez las tenga, os recomiendo tener todo esto impreso en la guantera del coche, porque me encantará que me lo echéis en cara cada vez que salga a la calle.

Cada vez que incumpla, otra vez, y punto por punto, todo lo que acabo de decir.

Que viva el verano, tetes.

 

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A.M.

AM. Me da rabia.

Ammmmm. No es una oración budista. No intento evadirme a mi lugar feliz imaginario, aunque quizá me convenga.

Me da mucha pena no poder escribir más pero aquí estoy, atrapado en una espiral de no tener tiempo libre, de apenas poder sentarme a contemplar mierdecillas por la ventana. De beberme las horas escasas que consigo arrancarle a la rutina, diluidas en vasos de chupitos, sumergidos en RedBull. Dejar huir la imaginación, como quien huye en medio de la confusión generada por una Jagerbomba de humo, sólo para llegar a casa y sufrir un helicóptero.

Hace mucho que no te escribo, maldita web en blanco hija de perra, y por el medio han ocurrido cosas trascendentales. El gol de Ramos y el de Bale, ese amago de fin del invierno, la debacle nacional, la llegada de Felipito Uve Palito, el Mundial y el inicio de la temporada de incendios Del Bosque.
Llevo unos meses parado en esto de escribir, con una banda sonora de fondo y una película muda en repeat en la mente. Y me da pena dejar esto. Me da pena abandonar y que olvides lo verdaderamente importante.

Escribo esto porque me has venido a la cabeza en un trackback contínuo. Como cuando te sorprendes a tí mismo pensando en una absurdez. Por ejemplo, ayer descubrí que estaba pensando en el burrito Igor de Winnie the Pooh. Un asno depresivo, de trapo, que tenía el rabo clavado al culo con una punta de metal. Debe ser algo terrible, pero parece mucho más aceptable que que un asno te clave en tu culo la punta del rabo, escuchando metal y mordiendo un trapo.

A veces uno llega a un pensamiento así y tiene que echarse atrás para ver qué camino ha seguido para llegar hasta ahí, hasta esa completa gilipollez. Y yo eso lo hago mucho. Pienso en una tontería y de golpe me doy cuenta de que hasta ese punto he tenido que llegar de alguna forma inusual, y me pongo a desandar mentalmente el camino. Puedo perder horas así.

Mientras hago todo eso, y recorro en bucle mis carpetas del disco duro, sólo tengo en repeat el AM. Llena la habitación con los acordes de Turner. Y reflexiono sobre eso claro, incluso intento adivinar por qué el disco me recuerda tanto a tí, querida musa, y también el por qué se llama A.M. Me vas a disculpar, pero tengo tres teorías.

Por un lado, (opción uno, señor Sobera) A.M. es una frecuencia, como la F.M. y yo solo quiero verte, cada vez con más frecuencia. Sintonizarte (gesto obsceno pezonil) y encontrar la perfección de tu onda media. Descubrir la mejor manera de escucharte, y el lugar perfecto para reproducirte. Oír Mad Sounds. Modular nuestros mosqueos usando la ruedita del tunning, sin discotecas de polígono ni tintes de cristales, sin llantas ni neones, por favor, ese tunning no.

Lo que pasa, es que A.M. también es la madrugada, (opción dos, ¿la marcamos?) Y yo alucino siempre que paso una madrugada contigo, follando a las 4:00 a.m. También soy experto en seguir llegando a casa a las tantas de la a.m. oliendo a bacon y cacharela. La madrugada es ese momento especial, en el que You Only Call me When You’re High cuando no estás conmigo, y también es la hora en que bien podrías Suck it and See cuando sí estás a mi lado. Pero bueno, eso ya es otro tema. Temazo. Del verbo mazar.

Ocurre a veces también, que la explicación mas cutre es la más sencilla y acertada (opción tres, descartamos el comodín de la llamada). Puede que A.M. también sea las siglas del autor del disco. Puede que AM signifique Arctic Monkeys, pero eso no va a evitar que me siga recordando a tí, porque en el fondo estamos realmente monos, congelados de frío bajo esas sábanas, desnudos por completo, excepto por los Knee Socks. Feliz, en el lugar en el que lo único que pienso es que I Wanna Be Yours.

El problema es que escuchando el AM ya no sé que ocurre. Porque empieza por el AM y no se cómo acabará. Las cosas que empiezan por Am no me gustan. Son conceptos que apestan de verdad. Amor. Ambigüedad. Ambición. Amoníaco. América. AmaRosa.

Quiero gustarte. Que me desees y que lo demuestres a lo bestia, que lo Snap Out of It. Pero también tengo miedo a saber la verdad y que la verdad me decepcione. Imagínate la situación, yo de rodillas, declarándome, medio en serio medio en broma, como un político declara sus bienes. Pidiendote que por fin seas mia porque a veces dudo de si R U Mine?

¿Qué opinas? ¿Me conviene saber la verdad? Do I Wanna Know?

Al final, resulta que los que nos vamos de medio modernos lamentables, exprimimos el cd y devoramos el libro que viene dentro de la caja. One for the Road. Lo absurdo, lo menos importante, sólo por ver las fotos y seguir la historia al pie de la letra. Y al final la realidad es esa, porque de mí, prefieres lo absurdo. Just laughs and jokes around.

Sólo quieres seguir siendo la protagonista de mi libro, y por eso, de momento, me “libro”. Pero no quisiera librarme nunca más.

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CIENCIA

Voy a despejarte la XXX: La ciencia es una guarrada por culpa de tu físico. Por culpa de la química que hay entre nosotros. No quería acabar citando teleseries de dudosa calidad, pero vaya, que principalmente es por eso…

Y te lo digo yo, que soy de letras, que me pierdo en las palabras y sus significados, en los engaños, en crear ilusiones que entran por los ojos y mienten al subconsciente dibujándote una sonrisa. Solo necesito un breve paréntesis, y quiero conseguirlo sin usar los dos puntos. Yo siempre fui de letras, en un mundo de estadísticas. Un mundo que vive la eterna lucha entre letra y la ciencia. Entre la que entra con sangre y la que se dedica a extraerla. Una batalla complicada e inacabable que, personalmente, soy incapaz de entender.

No pasa lo mismo conmigo, que soy simple como el a,b,c. Como una letra, pero de Jarabe de Palo. Descifrable fácilmente, como una sopa de letras. No tengo ciencia.

Huyo de ella porque es compleja. Todo metodologías empíricas. La humedad en el ambiente, la bajada de presión atmosférica sobre los sentidos. Los impulsos nerviosos, dividiendo las neuronas pero fusionando el ADN. La clonación de tus miradas, que sólo espero que se multipliquen de forma exponencial. Abrazos sin límite de X, que siempre son una línea tendiendo a infinito. Qué hogareño el infinito, que siempre sube a tender.

No tengo ciencia porque me sublimas. Porque entro en ebullición cuando el magnetismo nos atrae, ignorando el resto de fuerzas del planeta. Pasando por alto la gravedad (9.8) de la situación. Me derrito, soluble en tu cuerpo y efervescente en tu sonrisa. Soy simple, porque cómo va a ser complicado el intercambio de calor, el uso de energías en la búsqueda de un estallido. El rozamiento que sube la temperatura. La invalidez del sistema métrico para contar cuánto te necesito. El aumento concreto y localizado de mi volumen, que coincide con tu fusión a estado líquido.

Pues eso, que la ciencia es una guarrada. Pero aún así vuelve, y no te vayas. Déjame hallar tu seno. Déjame consumir el O2 que nos separa y que es imprescindible para que este fuego siga ardiendo. Ven a recitar la tableta periódica de abdominales que nunca tendré. Vamos a calcular nuestras valencias, que no son sólo un filtro de Instagram. Un Twittermómetro en nuestro cuerpo que sube Tuenti grados de golpe. Saliva rodeando por completo un YouTube de ensayo.

Menudo elemento estás hecha. Te lo digo porque contigo mis problemas se resuelven, se anestesian mis sentidos y mi felicidad sufre un electroshock que ya no se puede medir en amperios. Además, sería peligroso, porque el amperio contraataca.

Qué hacemos así aún, mirándonos sin estar tangentes. Sin que te torture hasta hacerte soltar tacos que se ensordecen bajo un PI. Tres con catorce segundos de mordiscos. Quiero arrancar los metros cúbicos que miden el volumen de tus gritos. ¿Qué coño hace aún toda esta superficie desierta de mi cama, con semejante área inexplorada? ¿Si un tren sale de tu casa y otro de la mía, a la vez y en dirección opuesta, en qué punto aún no nos estamos encontrando y nadie sabe por qué?

Solos, tú y yo. Sin reglas de tres. No más divisiones. No necesitamos fracciones. Sólo hace falta un medio, y quizás, estar en un cuarto. Déjame contar cuantas calorías hay en comernos, con un desayuno perfecto. Juguemos a los médicos. Déjame calcular cuánto me gustas. Déjame descubrir que el resultado no es un número natural.

Resuelve la ecuación, anda. Porque si no lo haces, no se si podré con la impa ciencia.

Nota del autor: Tras la lectura, se recomienda protegerse con látex antes de ponerse a experimentar.

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PASADO POR AGUA

Parte Uno: La Derrota.

Mi madre lo vio venir. Me gustaría creer que alzó la mano al viento tras chupar el dedo índice y frunció el ceño para notar las revelaciones del nordés, pero creo que en realidad tuvo algo de suerte. Sin más.

Empezó su ataque pronto, a mediados de noviembre. De repente empezaron a llegarme al whatsapp, en días varios, enlaces de páginas que hablaban de las maravillosas virtudes del Gore-Tex y sus propiedades impermeables. Cada enlace iba acompañado de un emoticono aleatorio; a veces un guiñito, otras una bailarina de flamenco, otras un monito vergonzoso. A los enlaces científicos le siguieron capturas de pantalla de la colección de invierno de Timberland, GEOX y Panama Jack. Y ahí ya, en un día frío, con la tensión flotando en la cocina, se produjo el enfrentamiento directo. La declaración de guerra.

-”¡No pienso consentir que vayas con los pies mojados! ¡INCONSCIENTE! ¡Que te va a salir una hernia de por vida!”
-”¡Pues prefiero ir en chancletas que con esa mierda! ¡QUE SON MÁS FEOS QUE UNA NEVERA POR DETRÁS!”

La pelea rozó la épica de Closer, en una de las mejores discusiones que recuerdo del celuloide. Como en una fase de videojuego, cada uno eligió su arma: ella esgrimió con furia las verdades de internet. Yo me aferré a mi propio sentido de la estética. En realidad, no le faltaba razón, pero comprar unas botas de agua era dejar el ferrolanismo y rendirme por completo al look santiagués picheleiro. ¿Qué sería lo siguiente? ¿El cultureteo rancio empapado de identidade propia? ¿Alabar a Antón Reixa bebiendo un ribeiro barato en la Casa das Crechas? Antes muerto.

Ella se obsesionó, e internet alimenta las obsesiones como se ceba un capón de Vilalba. Ahí dentro se regocijan las believers, se autodiagnostican los hipocondríacos y se llenan de razón las madres. La ofensiva con el dichoso Gore-Tex llegó a ser tal que yo ya no veía el fin de esa espiral. Me imaginaba recibiendo en casa una caja de 200 condones forrados de Gore-Tex, con una siniestra inscripción en el remite: “Nada de marcha atrás, que antes de llover, chispea. Protégete.” (y un emoticono de bailarina de flamenco).

Entonces llegó diciembre y llovió sin parar. Durante semanas. En Pre-Navidades reflexioné y pensé qué coño hacía yo con unas pisamierdas si en Santiago la lluvia disolvía las mierdas. Hasta que un día, al llegar, exprimí los zapatos y los pude ver gotear. Me rendí, y Papá Noel me trajo una caja grande, de Timberland. “Tampoco eran tan feas”, dije autoconvenciéndome de forma lamentable.

Parte Dos: La Revelación.

Al liberarme lo comprendí todo.
En cuanto me las puse ya no salieron de mis pies, sólo para dormir y, ocasionalmente y por petición expresa, para el coito. Eso sí, con calcetines, porque Hollywood llena las cabezas de estupideces, y la mayor de ellas hace creer que es mejor follar con la luz apagada y los pies fríos. O que, en todo momento, las sábanas tapan de forma mágica y preciosa los senos femeninos.

Mi madré ganó, porque no ha parado de llover ni un instante desde la llegada de las Navidades. Sin embargo, con los pies secos y en caliente, pensé que todos nos habíamos buscado un poquito todo este clima navideño digno de película de catástrofes. Y la culpa tiene un nombre. La culpa la tiene GADIS. Ojo, yo soy el primero que alaba los grandes éxitos de Gadis, y mis lectores sabrán ya de mi amor por el Bardetts, pero este año se pasaron de listos. Nos han condenado.

Para empezar, aclararé que sus últimas campañas de Vivamos como Galegos no me seducen nada, aunque reconozco su efectividad. Son el populismo y el opio de la masa hecho marketing. Como mis textos, pero en forma de pildoritas publicitarias.
¿Y qué pidió Gadis hace poco, y nos encantó? A que ahora todos recordamos el anuncio, ¿verdad? Todos podemos revisar nuestro muro de Facebook y encontrar allí lo que gritamos, porque todos somos culpables de la que se nos vino encima.

Todos dijimos SE CHOVE ¡QUE CHOVA!
Y llovió, joder si llovió.
No se veía algo así desde los castigos divinos de la antigüedad.

Imaginad a Zeus, desperezándose después de 2500 años sin hacer nada, y viendo esas viejiñas mofándose de su figura. Bailando a gritos bajo el agua y dando ridículos saltitos de felicidad, desoyendo su autoridad. Imaginadlo ciego de ira, pidiendo sus rayos inmediatamente y preguntando dónde coño hay en Galicia un Santuario famoso para dar ejemplo. “Estos energúmenos de ahí abajo se van a cagar”, le oyó decir Atenea, mientras jugaba a las palas.

¡QUE CHOVA!, gritamos. Como mongólicos. Regocijándonos con medio millón de litros por metro cuadrado. Si Noé llega a ser gallego, a día 20 ya estaría barnizando y poniendo brea en tablones de castiñeiro y eucalipto, o metiendo una pareja de pitas do monte en el corral.

QUE CHOVA. Riéndonos ante la naturaleza y compartiendo fotos en Instagram del oleaje, que más bien parecía aquello Moisés a punto de alzar las aguas y cruzar el Atlántico para liberar a su pueblo. Qué digo Moises… el puñetero Apocalipsis.

QUE CHOVA. El bueno de Pemán acurrucado en una esquina, balanceándose, agarrándose las rodillas y ojos en blanco, como un vidente saturado por las visiones. Repitiendo en bucle: “Maruxía, forte marexada, ondas de dez a doce metros”. Con las gafas en pantallazo azul de Windows.

Pero ojo, que no quiero quedar de hater. No todo va a ser malo. Este tiempo es el más propicio para los propósitos de año nuevo. Dejas de fumar, porque uno sale del bar a darle al vicio, pero los cigarrillos ya no se pueden encender de ninguna manera. Adelgazas, porque andar contra el viento quema más calorías que ascender el Tourmalet con ruedines, aunque a ver quién se resiste después a un cocidiño caliente.

El que más trabajo da es el propósito de dejar de beber. De hecho, si el Jägermeister se inventó para las largas jornadas de los cazadores centroeuropeos en invierno, pues por algo será. Yo recomiendo no abusar de su consumo, aunque a mí me han dicho mis amigos y allegados que me lo pasé muy bien en Navidades, y mis flashbacks ocasionales me confirman sus testimonios. Lo mejor del Jäger es, sin duda, lo elegante que resulta para acabar la noche, con un precioso fundido a negro en plena barra.

Y después, ahí estás, a las dos de la tarde, aún vencido por la humedad, la vergüenza y la resaca. En una casa que no es la tuya, con toda la familia a tu alrededor dando voces, te das cuenta de que todo, el mal tiempo, la lluvia, el frío, las ciclogénesis, todo vale la pena. Entonces se te acerca una voceciña cargada de amor, que te pregunta con muchísimo cariño que cómo prefieres los huevos.

Ahí la mente baraja todas las respuestas posibles: “fritos”, “cocidos”, “revueltos”, “golpeando contra la barbilla”… pero al final lo que pides es lo de siempre. Lo que llevas dentro, simplemente por ser de aquí:

Da casa. Y pasados por agua.

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MIEDOS

Yo tengo miedo. Mucho. Me parece normal decirlo abiertamente y no exagerar en aspavientos.

No hace falta adoptar la postura del niño del Sexto Sentido, ni la expresión de auténtico pavor de alguien que ve por primera vez el anuncio de la Loteria de 2013. Tener miedo es lo normal. Hay que saber distinguir bien el miedo auténtico de la absurdez hipocondríaca. Es casi como sufrir una repentina hipertensión. De las de la sangre y el pulso, obviamente; no de las de Carmen Lomana o Raphael, que tienen la cara hipertensa por otras razones que no vienen al caso.

El miedo es un abombamiento de la cabeza. Un latido en partes del cuerpo que no sabías que podían palpitar, como los párpados o la piel del cuello. La finísima gota de sudor frío en el centro de la espalda, que se diferencia del sudor normal en que no huele a afterhours o vestuario de gimnasio. El sudor frío de terror es mucho más sutil y difícil de eliminar porque forma una capa resistente e invisible sobre tu piel.

Un perro puede detectar, un jueves cualquiera, el pánico que sentiste el lunes al recibir la carta con lo que te toca pagar del seguro del coche. Esto ocurre porque es un sudor benigno, que juega a tu favor. Se solidifica creando una armadura que te vuelve invulnerable a medida que acumulas más y más miedos justificados. La experiencia no es un grado, porque hoy en día tener un Grado es tener un papel que colgar en la casa de tus padres mientras miras ofertas de trabajo por internet. La experiencia es un escudo que te pone de vuelta de todos los miedos anteriores.

Yo, que soy un poco rarete y masoquista, cada vez disfruto más de esa sensación de miedo, creo que es cosa de la madurez. Me gustan mis miedos interiorizados. Disfruto de apagar la última luz del pasillo y apurar corriendo para encender la de la habitación, antes de que las criaturas del inframundo de Lovecraft me devoren. Cada vez llevo con más naturalidad mi pánico a hablar o leer en público, que me hace trabarme y respirar arrítmicamente. Convivo con el miedo nervioso de hacer las cosas mal antes de acostarme por primera vez con una mujer que de verdad me gusta. Asumo el terror frío y vergonzoso que surge al levantarme por la mañana con la boca pastosa y resacoso, sin saber a ciencia cierta qué he hecho la noche anterior.

 

El miedo es como Julio Iglesias. A todos nos ha jodido, y aún sigue dejando muchos hijos ilegítimos por ahí perdidos. Demasiadas dudas y demasiados quizás. Tantas frases importantes y sinceras, que se pierden por miedo a la respuesta, o más triste aún, borradas sólo porque en la parte superior del whatsapp ponía “escribiendo…”

Os voy a confesar un par de cosas íntimas y vergonzosas: me dan miedo las alturas, y las líneas. Me agobian. Y aún así lo voy superando, cada vez me gustan más las líneas de expresión, cruzar cada línea de todas las que marcan la distancia entre nosotros. Jugar a superar la línea de meta sin estar pendiente de traspasar, o no, la línea de fuera de juego.

También me dan miedo algunos sueños raros y recurrentes que tengo: que se me caen poco a poco los dientes, o que una mañana cualquiera me despierto atrapado en un cuerpo de mujer. Éste último es bestial, porque todos hombres hemos pensado lo mismo y bromeado con lo divertido que sería. Los cojones. Después de la entretenida primera media hora de autoexploración pectoral llegaría la angustia y el pánico pensando en la depilación, en la epidural, en tener que mear sentado siempre o en las colas eternas en cada baño de un lugar público. Terrible, apocalíptico.

 

Sin embargo, y esto es curioso, no le tengo ningún miedo a la muerte. Ha sido superado totalmente por una curiosidad extraña que me lleva a preguntarme cómo será el mundo sin mí. Es muy raro y enfermizo, no se si a vosotros también os pasa pero me pregunto a veces quién llorará y quién pasará olímpicamente cuando me muera. Si sonarán los Rolling y si mis exparejas vendrán y se mirarán con odio en el funeral. Lo normal es que yo ya no me entere, pero seguro que va a ser un espectáculo. Como no se pueda sintonizar el Canal Vida en la TDT del purgatorio, y me quede sin verlo, me sentiré muy decepcionado. Una decepción de muerte.

Esta falta de respeto al óbito es de lo más gallego, porque en esta tierra de meigas, trasnos y espíritus creemos que la muerte no puede ser tan mala. Es un simple cambio. Fíjate si la despreciamos, que lo más terrorífico que podemos imaginar es la Santa Compaña. A mí más que acojonarme me hace sentir como si los difuntos vecinos y familiares fuesen a sentarse contigo en la taberna, pedir un licor café y charlar sobre como lle vai en Londres ó fillo de Sagrario, ou qué está a facer, perdido por Europa adiante, o rapaz pequeno do veterinario.

 

El caso, al final, como en todo, es espabilar. Aprender. Nunca he creido en las frases hechas de autoayuda, pero si tanta gente dice eso de que “lo que no te mata te hace más fuerte” es porque probablemente sea cierto. Yo, al menos, no conozco a nadie que haya muerto de pánico. Muerte por kiki sí. Muerte por miedo ninguna.

Aquí hago un llamamiento a todos. Cuando se trata de los miedos, estoy a favor de la violencia de género. Hay que vencerlo, a hostias si hace falta. Arrinconarlo en una esquina, sin importar de qué género sea. Hay que plantarle batalla y dominarlo.

- ¿Y tu terror? ¿Qué has hecho con tu miedo? - Ya no está. Lo maté porque era mío.

 

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INSOMNIO

“Hola, me llamo Pablo y tengo insomnio” dije con voz temblorosa y mirada huidiza. Después tosí, y ya no se escuchó nada más. Sólo el leve silbido del aire que se filtraba por las ventanas y algún grillo con afán de protagonismo. Nadie contestó a coro con el clásico “Hoolaa Paabloo” de las películas americanas porque en aquella sala no había más que un círculo de sillas vacías. Eran las once de la mañana y a la reunión de Insomnes Anónimos no había venido ni Cristo. Preocupado, llamé a los números de teléfono que colgaban del corcho para saber si a mis compañeros les había pasado algo. Ninguno me contestó, aunque algunos se dignaron a preguntar después, por sms, que qué quería. Fue a media tarde, cuando al fin se despertaron.

 

Durante años sufrí de insomnio y sueño cambiado. aunque yo no quería y no se muy bien por qué. Si me preguntáis, creo que venía el coco o el hombre del saco y me cambiaba el sueño, como viene una madre y te ordena a su manera las habitaciones. Es algo que me pasa siempre: en mi desorden yo no pierdo nada, normalmente lo tengo todo a desmano pero sé perfectamente dónde está. Hasta que viene alguien y me lo cambia de sitio. Entonces pierdo las cosas porque cuando de verdad las tengo que usar, con prisa, no recuerdo dónde las he visto por última vez.

Es más, estoy seguro de que la expresión negativa “No me toques los cojones” procede de este curioso fenómeno: que te los toquen no es algo desagradable; lo malo es que, si te los toca otra persona que no seas tú, puede cambiarlos de sitio y a lo mejor ya no aparecen cuando los necesitas.

Mi horario traspuesto empezó a originarse en pleno cambio hormonal. El primer paso lo dí cuando me aficioné al show de la NBA, con los últimos partidos de Montes. Me rendí a Daimiel, a los famosos en las gradas, los jugadores trajeados como si fuesen torres fluorescentes y a los gritos atroces de los comentaristas. Luego, ya acostumbré el cuerpo y el insomnio me provocaba un estado permanente de sonambulismo. Me pasaba lo mismo que a Edward Norton en El Club de la Lucha: despertaba en lugares extraños y caminaba en un estado de larva permanente.

“Nunca estaba dormido del todo, ni tampoco totalmente despierto.” La tele de noche es un ecosistema distinto. las madrugadas desvelan una parrilla totalmente nueva y surrealista, que además se ha ido adaptando y transformando. Primero teníamos la tercera edición del telediario, que implosionó para dar paso a los concursos-timo con preguntas de nivelón para engañar a pardillos entre la audiencia. Situémonos, por favor: a un lado, presentadora pechugona muy indignada porque nadie llama. A su derecha, el rótulo con la pregunta, del tipo, “ciudad española: S_L_M_NC_” Y ahí esperabas tus veinte minutos de rigor para ver cómo los miembros del propio equipo del programa llamaban y contestaban a propósito Zaragoza, o Alcobendas. Era una batalla sublime, una actuación diaria para sacar las perrillas a algún desgraciado.

A veces me ponía en la piel de las víctimas, esperando horas al teléfono para que los pasasen a directo y contestar correctamente. Me intrigaba muchísimo el sistema ¿alguien les hablaría mientras? ¿les pondrían hilo musical? La opción del hilo musical yo lo llevaría fatal porque siempre es conflictivo. El otro día llamé al banco Santander para cancelar la tarjeta y me pusieron a la Oreja de Van Gogh mientras esperaba a la operadora. Me indigné, y de qué manera, allí abrazado al diablo sin dudar, por ver tu cara al escucharme hablar. Si te anuncias diciendo “queremos ser tu banco” lo mínimo que hay que tener es coherencia y no atentar contra nuestra relación de este modo. Colgué de mala hostia e incluso estoy pensando seriamente el hacerme de Novagalicia y comprar unas preferentes para tener algo diferente de leer en el revistero del baño.

Ahora la tele nocturna está poblada de reposiciones de La que se avecina, Tarots, y TeleCasinos presentados por buenorras. Es una campaña global para hacer de los españoles lo que nuestros dirigentes esperan: Tipos majos trasnochadores, de humor simple (¡Merengue merengue!), temerosos de un destino superior, jugadores y puteros. Esa gente que en un futuro levantará y sostendrá Eurovegas, vaya. Yo me libro, porque afortunadamente, “como buen Escorpio, no creo en el horóscopo.”

 

En realidad, el estar aún medio cuerdo se lo debo al ordenador. Las redes sociales salvaron mi vida. Gracias a ellas conseguí encontrar y rodearme de gente que compartía mis desvaríos insomnes y mis noches en vela. Allí estabas tú, a las cuatro de la madrugada, sentado con mantita, con los ojos como José Bretón, y a la derecha de la pantalla, conectados al chat, los que iban a salvarte el culo. Recomendándote series, intentando ligar contigo o simplemente divagando sin rumbo. La gente del turno de noche de las redes siempre me pareció mucho más interesante que los otros. También más culta, porque en vez de ver Sálvame tiran de archivo y ven películas como dios manda. Ahora la web de día me aburre tanto, que caigo rendido después de cenar y ya casi no pierdo el tiempo en ella (JA!).

Nos hacemos viejos. Desde que vivo en Santiago el cuerpo pide apagarse lentamente e hibernar durante seis meses, exactamente los que no para de llover. Desde otoño hasta que vuelva la época de incendios forestales, cuando las pijas guardan las Hunter y sacan los shorts vaqueros que enseñan media cacha.

Yo me avergüenzo un poco de mi mismo, porque a medida que aumenta la responsabilidad se va perdiendo un poco de la magia que teníamos todos en nuestro interior. En mi caso se refleja con la rigidez en los horarios: ya llego pronto a todas partes, asquete que me doy. Cada vez la digo menos, pero antes usaba constantemente una frase que resumía todo este texto a la perfección. De hecho, irónicamente, la NBA ahora se promociona en España con un lema muy parecido, cerrando el círculo de los que empezamos a sacar las legañas a las 8 de la tarde por culpa de ver a “La Mamba Negra” clavando de nuevo sus colmillos.

Cada vez la digo menos, pero aún sigue siendo una de mis frases favoritas:

¿Dormir? Ya dormiré cuando muera“.

 

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ESTACIONES

 

 

Muero un poco por dentro cada vez que piso una estación, porque ya casi paso más tiempo allí que en casa. Son los gajes de no tener coche o carnet en este territorio salvaje. Deberían hacer un carnet-cliente-vip para los que recorremos el país a la antigua usanza, porque el tiempo que pasamos allí dentro, encerrado en edificios deprimentes, casi fantasmales, es incontable: Yo, con que me regalasen el desayuno cada cinco viajes, ya me conformo. A veces llego al extremo de que la gente me dice de quedar y ya les cito directamente en una estación para ir al grano.

Es así. Yo no se si es exclusividad mía, pero a lo largo de los años, siempre me parecía que las horas que pasaba esperando, o embutido en medios de transporte, superaban con creces a las horas de ocio. Antes, en mi juventud de Giulias y DosGardenias, hay días que uno cree que la balanza se va a inclinar por fin hacia el otro lado; pero ahí estaba el destino, o el tequila, para hacer que pierdas el bus de la mañana y asegurar otra larguísima y angustiosa espera. El ser humano es indescifrable: somos tan reacios a perder minutos de nuestra vida que desarrollamos impulsos primarios absurdos, como la gente que hace un Forrest y te cuenta su vida mientras espera el autobús a tu lado. Y no, no es sólo cosa de perturbados, porque todos sentimos ese impulso de leer las etiquetas de los botes mientras estás sentado en el váter, sólo por tener algo más que hacer.

Realmente a mi me gusta perder el tiempo, siempre quise vivir de algo que me permitiese perder todo el tiempo posible. Qué se yo, enólogo de chucherías, o algo así (“en este corazón de gominola la acidez del limón marida perfectamente con las notas dulzonas de la fresa y el crujido del azúcar”). Creo que a veces me paso, pero estoy convencido de que la gente que no pierde el tiempo no sabe lo que se pierde. Por eso escribo esto, porque quiero reivindicar las estaciones. Hay pocas cosas que unan más a dos personas que una buena espera en la estación. Quizá, las desgracias unan más, aunque también hay algunos edificios que son una desgracia en sí mismos.

Cada lugar y cada estación son un mundo, pero las largas esperas en un tren o un bus de vuelta a casa han forjado amistades a prueba de bala. La resaca compartida es media resaca. Es algo así como jugar al Time Crisis, o cantar la de Por el amor de esa mujer en el karaoke: hay que ser dos amigos para pasarlo bien y para acabar lo antes posible con ese fregado en el que te has metido.

En serio, al carallo el claim de Mayoral, lo que de verdad hace amigos son esas esperas. Las sonrisas de complicidad y la risa floja alrededor de un café, las miradas reprobatorias de las señoras por culpa del olor a rancio y a alcohol. Un infame trozo de pizza Tarradellas blandengue y pringoso, cortado con tijera. Contar las monedas de céntimos llevándote las manos a la cabeza por si calculaste mal y no te llega para el viaje. Tradiciones de verdad. Sólo así es entendible que personas tan diametralmente distintas como Chotín y yo acabásemos años ha, en Santiago, roncando cabeza con cabeza delante de una vieja ricachona que no sabía si llamar a la ambulancia o a la policía.

 

 

Si en algo son protagonistas las estaciones en Galicia, además de en resacas universitarias, es en despedidas. Hay algo de magia en esos sitios que convierte cada escena en una tragicomedia. Va en el a.d.n. el que un gallego tenga que emigrar para irse a otro lugar totalmente distinto, con otras lenguas y costumbres de gente rara y moderna, por ejemplo Madrid. Y cuando lo hace, suele hacerlo triste, apenado y con el corazón partiéndose por dentro, pero intentando que los demás no se hundan. La clásica foto-finish del anden: gente con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara.

Entonces, empieza el show: abrazando a su acompañante y citando a Terminator. A veces brota una pregunta “¿vas a volver pronto?”, otras sale una petición “Vuelve pronto, anda” e incluso hay tiempo para un momento-Chuck-Norris “Como no vuelvas pronto te vas a cagar”. A veces la cosa acaba con un beso de película y otras, con una amistosa palmada en el hombro, que indica que quizá no haya próxima vez.

Siempre es la misma escena, repitiéndose cada hora con otros protagonistas. Dos personas, solas, variando su centro de gravedad alrededor de la maleta. Una pareja en la estación siempre se balancea, como si cada cuerpo reclamase dejarse caer sobre el otro de una vez, y acabar con la tensión. El mejor momento es el de separarse: ése en el que el tren o el autobús fatídico aparece. Los nervios se imponen y se sucede todo de golpe en la cabeza de ambos, hay como una explosión de conciencia (¡oh no! llega el final), y ocurre lo que tenga que ocurrir. Nada está preparado, las personalidades se transforman.

Eso me encanta. Porque me encantan las cajas de bombones de las que hablaba Tom Hanks. Me gusta lo imprevisible y lo inesperado. Como un señor mayor manejando emoticonos de Whatsapp, o una pija a la que se le escapa un pedo inocente. Esta es una vida que todo dios tiene demasiado planeada. Una vida en la que los hombres se ponen “los calzoncillos de mojar” para salir de noche (por si suena la flauta), y una vida en que las mujeres se depilan corriendo justo antes de quedar con “un amigo para tomar un café”. Ya todo es una máscara, un eterno por si acaso que nos va a acabar devorando hasta que no quede nada que sea auténtico e improvisado, y ya todo sea una pose prefabricada que se pueda enlazar con la siguiente.

 

Los últimos cien segundos de despedida en la estación sí son de verdad. Lo sé porque últimamente vivo tan lejos de todo, que mi vida es una continua despedida. Me refiero a los cien segundos que pasan desde que uno dice “éste es mi bus/tren/taxi.” hasta que te pierdes en él, rumbo al horizonte. Ahí estalla la tristeza, el calor, la incomodidad; lo que sea, según la personalidad de cada uno. Es incontrolable.

Ése, y no otro, es el momento de mirar a los dos ojos que tienes enfrente y de darse cuenta de si tiene sentido lo que estás haciendo, de si de verdad quieres irte o volver, y de si la espera realmente vale la pena. No es necesario un gran beso peliculero bajo la lluvia, no hay que pensar en nada. Es pura improvisación y con sólo una mirada ya sale sola la respuesta.

 

Creo que por eso los Gallegos no solemos tener ningún problema en irnos. Porque siempre, en las despedidas, nos queda bien clarito el por qué hay que volver.

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“SOY MIS PADRES”

No es algo que se diga al azar, claro. Es duro. Casi suena como una triste condena.

Es una de esas famosas frases malditas que uno intenta evitar toda la vida, porque cuando la dices en voz alta estás jodido. Algo así como “Bueno, pero solo una más que mañana tengo que…”. Pum, kaput, sayonara, lo que acabas de soltar son una suerte de palabras que te llevan al abismo.

Ya hay demasiado monólogos y posts sobre las situaciones que se generan tras usar una frase maldita, así que de esas no vamos a hablar. La mía no está usada, es original y única. Digo que la frase no está usada con mucho orgullo y énfasis porque la he buscado en Google, con comillas y todo, y solo aparecen resultados de Yahoo Respuestas y webs sudamericanas, ergo me pertenece.

Como decía, una frase maldita no se pronuncia al azar. En mi caso, el detonante fue muy sencillo. Todo pasó en un lapso de cinco minutos. Entré en casa después de currar, y crucé el recibidor. Mire medio de reojo al espejo y me coloqué el cuello de la camisa frunciendo un poco la boca. En la habitación, alisé las arrugas del nórdico, después cerré bien la puerta del armario, porque me ponía nervioso verla abierta. Dejé las llaves y la cartera en la mesa, equidistantes entre ellas y el borde. Coloqué las cortinas, bajé las persianas hasta el medio y me puse las zapatillas, fuí al baño y me lavé las manos con jabón, apretándolas con fuerza.

Y ahí frente al lavabo, con las manos aún goteando y mirándome incrédulo en el espejo, casi en una escena de anuncio de Gillette, lo solté.

“Me cago en la puta. Soy mis padres

Lo pongo así literal, porque es como me salió, con el improperio delante. A lo mejor hago mal, porque si muero de forma misteriosa y repentina este blog será carnaza para periodistas, que es lo que está ahora de moda. “Era un traumatizado, un malhablado y un borracho, que hasta le dedicaba entradas al Ron”, titular precioso para los diarios, en Times New Roman. Pero bueno, fue así, con taco, y así hay que contarlo. Me salió contundente porque Todo (todo) lo que había hecho en esos cinco minutos eran manías y rutinas absurdas de mis padres.

He de aclarar aquí que mis padres son la típica pareja española: se quieren pero no se soportan. Nótese que esto no es una contradicción, porque lo del querer en el ser humano es algo muy particular e infantil a veces. Lo que si se puede decir de mis padres es que fueron valientes y realistas, así que dada la coyuntura se divorciaron. Tratándose de este país, lo normal en estos casos es que triunfe el cariño, la rutina, la comodidad y el misionero ocasional. Así acaban los viejos en las verbenas, amargados, bailando pasodobles a paso de tortuga y sin mirarse ni una décima de segundo a los ojos. En serio, ni se miran. Prestad atención la próxima vez.

Pues eso, que es increíble la puñetera genética. Apenas he sobrepasado mi primer cuarto de vida, estoy en la cúspide de mi capacidad sexual, y ya me comporto como mis padres. Incluso, a veces, llego al extremo de ser mis abuelos, lo cuál es pura lógica piramidal, por otra parte. A veces, me duermo con el telediario o subo las gafas con el índice estirado mientras guiño los ojos, igual que mi abuelo. A veces, me indigno sobremanera cuando veo a los críos jugar y corretear de forma arriesgada, como mi abuela. “Se van a matar”, pienso mientras sacudo la cabeza con rulos, coloco los cojines del sofá y me tomo el “Sintrón” antes de ver la telenovela..

Llega un momento raro en la vida, normalmente después de la Universidad, en el que uno ya pisa definitivamente la línea de cómo se va a comportar el resto de sus días. Y normalmente, el resultado es muy parecido a sus padres. Es una etapa horrible por el peso de la adultez repentina, pero tiene muchas ventajas. Por ejemplo, es la temporada ideal para buscar en serio a tu futura esposa, porque con ese rango de edad ya empezará a parecerse a alguien, y una simple visita a casa de sus padres puede confirmar tu acierto o hacerte huir despavorido. Yo hasta ahora he tenido suerte, porque me tocan suegras simpáticas y razonablemente guapas y ya voy sobre seguro, malo será que salga rana.

 

Todos vamos a ser como nuestros padres, así que mejor ir adaptándose. Es lo que deberíamos hacer. Os recomiendo hacer pequeñas anotaciones y una lista de objetivos cada vez que estéis con ellos, para que la transición sea más llevadera. Yo ya les estoy cogiendo reparo a viajar, me estoy planteando el ir a cursos de guitarra para poder tocarla en las celebraciones familiares, y ya he hecho un cursillo acelerado de envoltorio de tuppers. Este punto es fundamental, de verdad: mi madre podría meter uranio empobrecido en una maleta y que ni Dios sufriese las consecuencias. Ha habido días que cogí unas lentejas para comer y allá al fondo, sumergido entre capas protectoras de papel albal, periódicos, y papel aluminio, acabé encontrando el tupper. A la hora de la cena, claro. Y eso sí, “con vuelta” lo antes posible, porque si hay algo en la vida que una mujer quiere conservar a cualquier precio, incluso más que su atractivo, son sus tuppers.

Bien mirado, tampoco está tan mal lo de ser mis padres. Así puedo corregir errores y apropiarme de sus mejores virtudes. Quizá con suerte, acabe siendo tan cariñoso, bonachón y generoso como mi padre, o tan inteligente, espabilado y decidido como es mi madre.

 

Yo les tengo una venganza preparada: cuando sean mayores y ya estén para el arrastre, los llevaré a ambos por separado a algún lugar inaccesible y los dejaré allí para que vuelvan a descubrir que se quieren y se tengan que aguantar el uno al otro. Si intentan huir no podrán, por culpa del taca-taca y el bastón, y supongo que decidirán convivir en vez de despeñarse. Aunque igual supongo mucho. Soy muy supositorio a veces.

He pensado en todo: para alimentarles les dejaré comida en tuppers anti-radiación, con su nombre escrito a rotulador y con un post-it que ponga: “el tupper con vuelta”. Además, cada dos días les llamaré preguntándoles que si están comiendo bien, que seguro que están muy delgados, y que qué cojones de factura telefónica es esa. Estaré atento cada vez que se dejen una luz encendida para aparecer de golpe y gritar ¿Qué sois, hijos de Fenosa o qué? Se van a cagar.

Allí serán felices, seguro. Y así por fin podré vivir tranquilo. Seré yo mismo, no un reflejo de nadie, y veré cómo crecen mis hijos de sonrisa achinada y con tupé.

Veré cómo, poco a poco, cada año se van pareciendo cada vez más a mí.

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PD: No quería publicar sin agradecer la acogida bestial de mis últimos posts, con casi 40.000 visitas en los últimos meses. Muchas gracias a todos los que lo habéis compartido en Facebook y Twitter y gracias también por el apoyo en vuestros comentarios. Feliz Bardett’s para todos ;) 

BARDETT´S

Hay gente que a los veintitantoañeros (23-29) nos quiere encasillar como la generación 2.0, o incluso “los niños de internet”, pero NO.

Que no. Que ni de coña oiga.  Que no me ponga usted etiquetas si no ha vivido mi infancia y mi adolescencia. Aquí nadie fue un niño de internet. Niños de ínternet son los de ahora, que nacen con cuenta de Facebook y tuitean sus primeros eructos y llantos (“@papá @mamá son las 2 a.m. y tengo #hambrequetecagas”). Niños de Internet son los de ahora, que pasan la tarde en Minecraft o viendo vídeos de Iniesta en vez de bajar a la calle a tratar de copiar su último regate.

Aquí todos jugamos en las calles, probamos las mieles de Nintendo, nos emancipamos de los ruedines y nos dejamos las pagas en Flashes, Risi, Matutano, canicas y tazos. Aquí nadie disfrutó de una conexión decente hasta los 14-16 años y nadie se hizo una red social hasta casi la mayoría de edad. Si acaso, se podría decir que fuimos “adolescentes 2.0″, los primeros prepúberes de la Red. Nos creció pelito a velocidad de 56 kb/s y ya después, accedimos a la media (que no alta) velocidad. En el fervor de los primeros Adsl, tonteábamos con las posibilidades que el Fotolog y el difunto Messenger ofrecían para el ahora tan famoso “postureo” y el ligoteo, ya fuera a través de una pantalla o con un jpeg. Qué decir ya de las brutales webcams de los primeros años del milenio, donde con un poco de suerte podías disfrutar de 40 píxeles en los que intuir la cara de tus contactos.

Me río yo de los que nos llaman la generación 2.0. Esos no saben lo que es tener 15 años y esperar cuarenta minutos a que se descargase una canción, y los dos o tres minutos de angustia que tardaba en cargar cada página de imágenes (¡imágenes, tío!) de porno. No saben lo que es tratar de conectarse a hurtadillas porque tu madre te había escondido el módem como medida preventiva, (y tú lo habías encontrado, porque sabías de sobra dónde lo ocultaba). No saben lo que es intentar acceder a la web en plan ninja profesional y fracasar en tu sigilo porque el maldito ruido infernal de llamada remota alertaba a todo el vecindario.

A lo que iba, que me lío. No somos la generación 2.0. Yo prefiero que me clasifiquen en otra categoría. Soy miembro, y gran fan a la vez, de la generación JIM. En el instituto y la Universidad, Galicia se rindió al Jim más legendario de la última década. El del Ron.

Jim Bardett es un pirata ficticio, y también el héroe fantástico que más influencia ha tenido en todos los jóvenes que conozco. Y si usted, querido lector, no sabe de qué hablo, deje de leer y vaya corriendo al Gadis más cercano para descubrirlo. CORRA.

Yo le conocí en mi primer año de universidad, y su aparición fue brillante y cálida como una noche de verano. Creo que la primera vez que lo probé fue para hacer unos mojitos, y joder, eso fue amor a primera arcada. No nos engañemos: el sabor “no-tan-malo” del Bardett’s fue lo que le posicionó en el mercado y uno de los factores que casi llevan a la destrucción del futuro de España. Había otros rones baratos y nefastos, pero ninguno mezclaba tan bien con Coca-cola y el plástico translúcido de los vasos de 24 horas.

Cientos de millones de neuronas perdieron la vida en una lucha inútil contra los reflejos dorados de su etiqueta. También es importante apuntar que el Bardett´s costaba, en su lanzamiento y primeros años, 4.99€. El equivalente  a una copa de vomitivo garrafón en la mayoría de locales nocturnos. Yo siempre recurro a esa comparación porque me gusta analizar el precio de las cosas midiéndolo en cubatas. Es como cuando se usan los campos de fútbol para medir distancias, una gilipollez absurda pero muy útil para situarse. Y sí, lo hace mucha más gente de la que parece.

Ambos factores, sabor y precio, unidos a un cierto tono de leyenda indie, hicieron aumentar su fama y correr de boca en boca por botellódromos y pisos de estudiantes: El Bardetts fue el primer viral de verdad. Un ron a precio de macarrones con atún pero que sabía casi igual que una botella de más de 10 euros. La economía del mundo estudiantil se resintió enseguida, y el mercado se reajustó, ayudándonos a los de letras a entender la inflación y las variables del mercado competitivo. Llegó un punto en que a las 7 de un sábado ya estaba agotado, y hoy en día su precio se ha ido hasta casi 6€ la botella, producto de un éxito desquiciante. No era para menos.

Le ayudó bastante el contexto internacional. Era la época de auge del Reggaeton y no hay mejor forma de sobrellevarlo que ir hasta las trancas de ron tostado. Era eso, o el suicidio. Su popularidad llegó a un nivel tal, que la gente se acercaba a la barra pensando que allí lo tendrían. Se han dado casos de personas balbuceantes que lo pedían al camarero de turno: “Dame más gasolina que yo soy tu gatita, tu gatita.” Tampoco había estallado aún la burbuja de los gintonics multifrutas así que se encontró un buen escenario y un público muy receptivo. Además, se le tenía cariño, no como a la puñetera Negrita, malencarada, traicionera y, aún encima, casi dos euros más cara. El Bardett’s lo petó, vaya.

Mi experiencia personal fue intensa, pero con final trágico. Recuerdo muchas noches increíbles con el Bardett’s como protagonista. Y no recuerdo otras tantas, que sin duda fueron mucho mejores. Sé que existieron porque hay fotos, y flashes de imágenes vagas y borrosas. Lo normal era compartirlo a pachas con algún amigo, aunque he visto forjarse a mi alrededor auténticas leyendas de su consumo. Gente que le cogió el tranquillo a beberlo como quién coge la costumbre de ir al baño siempre a la misma hora. Llegó un punto de la relación amorosa  en que le quería solo para mí, y algunas noches me cogía una botella sin compartirla con nadie. Mal, muy mal. Al final, como con todas cosas buenas de la vida, mi noviazgo con Jim tuvo que acabar para dar paso a otras etapas de la madurez. Tuve que dejarle, con mucho dolor.

“No, eres tú, -le dije- soy yo, que ahora trabajo y quiero una vida estable y para eso tengo que madrugar y ser persona”. No fue ruptura completa, claro está. A pesar de distanciarnos, de vez en cuando seguimos teniendo la típica noche loca de ex-amantes que se entregan con furor para olvidar las miserias del mundo que les rodea. En cuanto su sabor ligeramente malo vuelve a tocar los labios, uno siente la familiaridad de los besos recuperados, es como volver a andar en bicicleta tras años sin hacerlo.

Hace una semana, mi primo pequeño, una de las mentes más brillante que conozco, paseaba su cuerpo bamboleante por las fiestas del pueblo, con la mirada achispada, sonrisa de suficiencia y aferrado a un vaso de Bardetts, a un mes escaso de empezar Medicina. Tengo que confesar que casi se me cayó una lagrimita de emoción al verle, porque la leyenda del pirata continúa viva.

 De todos conocido. Por muchos, temido. Así fue Jim Bardett, Bucanero de las Antillas.

PD: Ya si eso, otro día hablo del Jäger.

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FERROL. D.E.P.

Este no va a ser un relato breve ni un apunte literario. Este texto es una necrológica.

Es así porque a Ferrol le queda poco. Muy, muy poco. Ya está intubado en la U.V.I. y sus familiares se están repartiendo la herencia, con las típicas discusiones sobre las tierras y el catastro. Así de grave está la cosa, fíjate tú. Hay quien quiere alargar la agonía con centros comerciales pero es ya irreversible.

No quiero dejarme llevar por la nostalgia porque eso empaña cualquier crítica, pero es imposible ser de allí y no sentir que a Ferrol lo están matando y se está muriendo. A partes iguales. Lo están (estamos) matando porque nadie toma ni una sola decisión para traerlo de vuelta a la realidad. Y se está muriendo porque, en el fondo, Ferrol está ya cansado de pelear y lo único que quiere es que no le toquen más los huevos y poder diluirse sin molestar a nadie. Ferrol siempre ha sido la menos gallega de “Las Siete Ciudades” pero para desaparecer no es diferente: “a min deixádeme que morra en casa e non andedes a marear“.

Ya no es cuestión de ponerse a hablar de los años de gloria y esplendor de mediados de siglo, simplemente con echar un vistazo 5 o 6 años atrás, ya huele bastante a chamusquina. Hace menos de una década, la cosa no era para tirar cohetes, pero Ferrol era una buena ciudad. Era bonita a su manera, y uno salía de compras o a tomar algo por el barrio de la Magdalena y tenía que practicar el deporte local predilecto: “esquivar señoras y niños”. Por eso hubo que hacer lo más peatonal posible el centro; Ya desde la época de la Ilustración la “Finuca” y la “Cuchi” de turno se paraban a charlar ocupando la acera y provocando atascos.

Ahora la ciudad ha cambiado y todo eso ya no ocurre. No porque Finuca y Cuchi no estén, que ahí siguen las condenadas, sino porque ya no está todo lo demás. No hay ya casi lugares donde ir de compras, donde tomarse algo ni donde disfrutar de un rato de ocio. No hay niños, no hay cine, no quedan casi tiendas y no hay propuestas ni oferta para pasar un día de diversión. Nada, ni siquiera yo mismo, sigue allí. Sólo viejas y baches. Ah, los baches. Cuenta la leyenda que los Dinosaurios viajaron al norte en busca de un clima más propicio hasta que pasaron por Ferrol, aquí cayeron en los baches y prácticamente se extinguieron para no dejar rastro. De hecho, sólo quedaron dos especies: Finuca y Cuchi.

El problema de Ferrol es un poco el mismo que el de Kaká: se le tiene mucho cariño porque fue muy grande y maravilloso, pero ya está bien de esperar lo que nunca va a volver a ocurrir. De hecho, la manía de las resurrecciones provocadas impide ver bien la magnitud del problema. A Kaká se le resucita cada pretemporada y la ciudad Departamental también coge un poco de aliento cada verano, cuando Madrid se acuerda de que ambos existen. En los inicios de la primavera pasa igual. Ferrol cobra vida y Kaká se postula como el gran salvador, justo cuando coinciden la Semana Santa y las eliminatorias de Champions. Son espejismos de domingo de Resurrección. Por mucho que se confíen a Dios para salvarse, ninguno de los dos tiene remedio.

Kaká enchufa de vez en cuando algún golito por la escuadra, y Ferrol organiza algún mercado de la Ilustración o un Equiocio para embellecer el escaparate. Pero el problema sigue ahí inamovible: Los dirigentes son unos inútiles y unos interesados, y desde abajo pasamos de trabajar por cambiarlo.

El detonante para acabar escribiendo este texto es el cierre (obligado) de Balance. No voy a entrar ni en el cómo ni en el por qué, ni siquiera voy a decir nada del tema porque no soy objetivo: era mi segunda casa. No me gustaba mucho la música y la decoración me parecía un poco hortera, así que imaginad la calidad humana que había detrás para que aquello fuese una familia para mí.

El golpe moral es que el Balance era el último pedazo de mi juventud y mi vida que quedaba en Ferrol. Una juventud que todos teníamos en común. De ir a los cines Galicia y Azul a ver pelis de Pixar, de pasear tardes enteras por el centro, de napolitanas de Popi y futbolines. Una vida nocturna que iba del Sikaru, al CBC, al Rompeolas y a la Boheme. Del Colonial, al Tartaruga y a Caché. De Zebra al West, del “medio con” del Canario al bocadillo de tortilla del Zahara. De Arbolitos y el primer Fin de Año en el Club de Campo. Hablo de pocos ejemplos porque mi juventud me hace dejarme a mucho local histórico en el tintero, pero es lo mismo. Ahora la mayoría de esos sitios o no existen, o están irreconocibles.

Y no nos han arrebatado mesas donde comer o barras de bar. No. Nos han quitado todo lo que allí dentro vivimos. Risas, borracheras, tarimas, goles, besos, ligoteos memorables e inefables, cobras, canciones, gritos, hostias. Todo. Cuando queríamos disfrutar de la vida y cerrar todos los bares no esperábamos hacerlo tan literalmente. Cerraron todos.

A veces imagino ya el éxtasis geriátrico absoluto. Un Ferrol desierto, con todo cerrado. TODO. Una plaza de Amboage vallada dónde los niños no puedan patear un balón. Un Cantón acordonado para evitar el botellón y los primeros besos mal dados de la pubertad. Los jardines de Herrera rodeados de un enorme foso para que ningún grupo de jóvenes pueda reír al son de un porro sin molestar a nadie. Una ciudad desierta con Pilarita, Paula Vazquez y Pedre “el Corino” sentados en la Plaza de Armas, para saludar a la gente y que los turistas se saquen fotos. A eso conduce todo lo que se ha logrado. A un futuro así.

El problema es que nadie, ni yo mismo, hace nada hasta que ya es tarde. Adormecidos por el verano y la semana santa hemos perdido lo que quedaba. Mientras la piel se asa en Doniños, olvidamos que nada más se cuece en ninguna otra parte. Ferrol está muerto. Y no, no está de parranda. Ya no se puede. “Se que aquí nací y aquí ya no quiero quedarme, aquí ya no está mi hogar, donde se acaba el bar.”

Estas líneas no son más que eso: una rabieta. No puede ser que no haya nada, ni ocio ni oportunidades laborales, para los jóvenes que salen de aquí. No puedo aportar soluciones porque soy parte del problema, y no se me ocurre nada más allá de manifestaciones masivas o parir un buen plan de reactivación de la ciudad. Y no están los tiempos para meterse en política. Además, aquí esforzarse en algo, es el primer paso para llevarse un bofetón.

Por mi parte solo me queda volver lo menos posible (ya era poco) y esperar a que éste sitio vuelva a ser útil para mí. Volveré cuando sea un viejo amargado y me guste que las calles no me ofrezcan nada más que silencio y piedra. Con 70 años nos cruzaremos todos por las aceras vacías y mascullaremos topicazos de velatorio al calor de una ciudad con rigor mortis: “No somos nadie”, “Siempre se van los mejores”, “Estaba en la flor de la vida” ,“Se nos acabó el Ferrol de tanto usarlo”, “Míralo ahí, si parece que está dormido”.

Ferrol está muerto. Larga vida a Ferrol. 

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